
Lo que llama la atención es el desarrollo de la actividad diaria y cómo podríamos compararla con el estudio que hagamos cada uno con nuestras biblias.
Primero llegaba Zwinglio al atril y pedía la iluminación del Espíritu Santo. Se retira y sube otro. Éste abre la Biblia y lee un texto determinado en latín, o sea, según la Vulgata. Leído el capítulo, sube otra persona que lee el mismo texto en hebreo. A continuación es nuevamente relevado para que el capítulo en cuestión sea pronunciado en griego a través de la traducción clásica del Antiguo Testamento, la Septuaginta. Éste ya tiene que explicar el sentido del texto.
Luego un teólogo dice en latín lo que todo lo leído ha de ser expuesto como Palabra de Dios en los sermones. Y como remate otro teólogo, o el mismo Zwinglio, explica en alemán el texto bíblico tan a fondo tratado. Explicación dirigida sobre todo a los asistentes que no conozcan latín, hebreo o griego.
Y luego nos da pereza leer en casa un par de capítulos en nuestro idioma vernáculo.
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