En lingüística se sostiene que culto hablando no es el que utiliza un vocabulario culto en todo momento y circunstancia, sino el que en cada momento sabe utilizar un registro idiomático acorde con el interlocutor que tiene enfrente. Algo similar sucede con el misionero. Para convertir a alguien poco formado no hace falta que el misionero o creyente encargado de la predicación sea también poco formado. Más bien haría falta que fuera lo bastante formado, tal vez más que lo normal, para que fuera capaz de dirigirse a cada individuo con los argumentos, recursos y estrategias que requiera el interpelado y sea más efectivo.
Lo mismo sucedería con su afán por dejar en manos de los oriundos del país de misión la dirección de la iglesia. No hace falta que el misionero extranjero se bata prácticamente en retirada en cuanto vislumbre que la iglesia local está más o menos formada. Bastaría con que de un poco más de participación y control a los miembros de la iglesia. El creyente cristiano antes que fijarse en el color de la piel del pastor que le predica debería fijarse más bien en si el sermón que se le dirige es acorde con la Palabra y si los sacramentos le son administrados con la dignidad y corrección necesaria. Si el pastor es de recta doctrina, lo demás sobra.
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