“Un cristiano es libre, dueño y señor de todas las cosas y no está sometido a nadie. Un cristiano es un esclavo sujeto a prestación personal en todas las cosas y está sometido a todos” Martín Lutero. 1520

viernes, 10 de octubre de 2008

¡Ese prójimo!


Hace pocos días veía con suma atención un partido de fútbol en la televisión, cuando se produjo una falta. Un defensa había barrido literalmente a un contrario y éste se retorcía con evidentes muestras de dolor. El infractor se levantó lentamente rápidamente y ante la sorpresa del público, y por supuesto la mía, en vez de ayudar al contrario abatido, juntó las palmas de sus manos en gesto rogatorio y dirigió la mirada más arrepentida que uno se pueda imaginar…¡al árbitro!

Evidentemente tal gesto no le libro de la justa tarjeta amarilla y tras la recuperación del jugador lesionado el partido prosiguió.

Ello me llevó a pensar que aunque en ese momento muchos nos sentimos indignados (algunos más que otros porque el lesionado era de nuestro equipo) todos a menudo realizamos la misma artimaña. Con más o menos temeridad ofendemos a nuestro prójimo, y cuando algo en nuestro interior nos dice que lo único que puede definir lo que hemos hecho o dejado de hacer es la palabra pecado, entonces nuestra mirada no se dirige al objetivo de nuestra acción. Dirigimos nuestra mirada lacrimosa hacia Dios, pero no con tristeza por el amor traicionado, sino con temor del castigo. En esos momentos sentimos el pesar del infractor que se sabe descubierto, que no tiene donde esconderse como Adán en el Edén, y que a falta de excusas no se le ocurre más que rendirse resignado al castigo.

Con esto no quiero decir que nos pasemos al otro extremo. Cuando pecamos contra nuestro prójimo también estamos pecando contra Dios, pero igual que al que roba se le exige que devuelva lo hurtado, en el pecado se nos pide que pidamos perdón sincero al principal ofendido, Dios, y reposición a la situación anterior con quien se ha producido el pecado: ese prójimo que tenemos al lado: cónyuge, hijos, familiares, vecinos, compañeros, o simplemente peatones o el conductor del coche que nos precede. A todos ellos debemos dirigir nuestra mirada arrepentida aparte de a Dios.

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