
Hace poco tiempo conversaba con un amigo. Él estaba todo orgulloso de su nueva Biblia. Un soberbio ejemplar de la Biblia de Jerusalén. Buenas pastas, tipografía excelente y un buen tamaño de las fuentes para los que habiendo superado la cuarentena empezamos a notar como la vista se nos va deteriorando poco a poco.
Surgió inevitablemente el asunto de la mayor o menor fiabilidad de las versiones. Comenté como los testigos de Jehová de habla española utilizan una versión que no es traducción directa de los textos originales sino de la versión en inglés. Y cualquiera que haya leído una sola página de la Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras, podrá darse cuenta que el estilo del texto deja bastante que desear. Ambos estábamos de acuerdo en ese aspecto.
Sin embargo mi amigo, animado en su labor crítica, no tuvo reparo en objetarme que la versión que suelo utilizar, una Reina Valera de 1.960, contenía un español de hacía 48 años, cuando ninguno de ambos habíamos nacido. Pude objetar que existían actualizaciones mucho más recientes, que incluso poseo una de 1.995, pero por ser algo incómoda para manejar por su tamaño y por inercia, seguía utilizando la RV-60. Para poder articular de alguna manera una “contraofensiva”, agarré su libro y comencé a ojearlo para averiguar la fecha de su última actualización. En ese momento me llevé la sorpresa de ver que no se trataba de una traducción de los textos originales, sino de la versión francesa, que sí ostenta esa característica. Desde luego con un estilo mucho mejor que la antes mencionada, pero traducción de traducción al fin y al cabo.Mayor fue aún la sorpresa de mi amigo, que se sentía como engañado. Nos reímos del chasco, y poco después nos dimos cuenta que aquello era una muestra del peligro de utilizar una sola versión. Continúo teniendo mi “vieja” Reina Valera como Biblia principal, pero he decidido desempolvar la versión de 1.909, de 1.995 y la Nacar Colunga cada vez que tenga que hacer cualquier estudio bíblico o simplemente tenga alguna duda que consultar. Comprar otra versión aparte de la que tenemos no deja de ser una buena inversión que recomiendo con toda vehemencia.
Surgió inevitablemente el asunto de la mayor o menor fiabilidad de las versiones. Comenté como los testigos de Jehová de habla española utilizan una versión que no es traducción directa de los textos originales sino de la versión en inglés. Y cualquiera que haya leído una sola página de la Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras, podrá darse cuenta que el estilo del texto deja bastante que desear. Ambos estábamos de acuerdo en ese aspecto.
Sin embargo mi amigo, animado en su labor crítica, no tuvo reparo en objetarme que la versión que suelo utilizar, una Reina Valera de 1.960, contenía un español de hacía 48 años, cuando ninguno de ambos habíamos nacido. Pude objetar que existían actualizaciones mucho más recientes, que incluso poseo una de 1.995, pero por ser algo incómoda para manejar por su tamaño y por inercia, seguía utilizando la RV-60. Para poder articular de alguna manera una “contraofensiva”, agarré su libro y comencé a ojearlo para averiguar la fecha de su última actualización. En ese momento me llevé la sorpresa de ver que no se trataba de una traducción de los textos originales, sino de la versión francesa, que sí ostenta esa característica. Desde luego con un estilo mucho mejor que la antes mencionada, pero traducción de traducción al fin y al cabo.Mayor fue aún la sorpresa de mi amigo, que se sentía como engañado. Nos reímos del chasco, y poco después nos dimos cuenta que aquello era una muestra del peligro de utilizar una sola versión. Continúo teniendo mi “vieja” Reina Valera como Biblia principal, pero he decidido desempolvar la versión de 1.909, de 1.995 y la Nacar Colunga cada vez que tenga que hacer cualquier estudio bíblico o simplemente tenga alguna duda que consultar. Comprar otra versión aparte de la que tenemos no deja de ser una buena inversión que recomiendo con toda vehemencia.
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